mellamasteAnte las necesidades de su familia, la mujer insistió: "Por favor señor, le traeré el dinero tan pronto como pueda." El dueño le dijo que no podía darle crédito, y que se fuera. Junto al mostrador había un cliente que escuchó la conversación. El cliente se acercó al mostrador y le dijo al dueño que el respondería por lo que necesitara la mujer para su familia. El dueño no muy contento con lo que pasaba, le preguntó de mala gana a la señora si tenía una lista. Y la señora dijo: "¡Sí señor!".

"Está bien," le dijo el vendedor, "ponga su lista en la balanza, y lo que pese la lista, eso le daré en mercancía". La señora pensó un momento con la cabeza baja, y después sacó una hoja de papel de su bolso y escribió algo en ella. Después puso la hoja de papel cuidadosamente sobre la balanza. Los ojos del dueño se abrieron con asombro, al igual que los del cliente, cuando el plato de la balanza que contenía el papel bajó hasta el mostrador y se mantuvo abajo. El dueño, mirando fijamente la balanza, decía: ¡No puedo creerlo!".

La señora sonreía mientras el abarrotero empezó a poner la mercancía en el otro plato de la balanza. La balanza no se movía, así que siguió llenando el plato hasta que ya no cupo más. Finalmente, quitó la lista del plato y la vio con mayor asombro. No era una lista de mercancía. Era una oración que decía:
- "Señor mío, tu sabes mis necesidades y las pongo en tus manos".

El dueño le dio las cosas que se habían juntado y se quedó de pie, frente a la balanza, atónito y en silencio. La señora le dio las gracias y salió de la tienda. El cliente le dio al dueño un billete de 50 dólares y le dijo:
- "Realmente valió cada centavo."

Ese día el dueño de la tienda y el cliente que presenció la escena, descubrieron que sólo Dios sabe cuánto vale una oración.

Cuando sientas el peso de tus preocupaciones y tus necesidades, no te deprimas, ni te desesperes, déjalas en manos del Señor, El sabe mejor que nadie cómo aliviar tus pesadas cargas. Y sobre todo, ora con fe, sinceramente, desde el fondo de tu alma y nunca dudes del poder de una oración.

Señor, Tú me llamaste

para ser instrumento de tu gracia,
para anunciar la buena nueva,
para sanar las almas.

Instrumento de paz y de justicia,
pregonero de todas tus palabras,
agua para calmar la sed hiriente,
mano que bendice y que ama.

Señor, tú me llamaste
para curar los corazones heridos,
para gritar, en medio de las plazas,
que el Amor está vivo,
para sacar del sueño a los que duermen
y liberar al cautivo.
Soy cera blanda entre tus dedos,
haz lo que quieras conmigo.

Señor, tú me llamaste
para salvar al mundo de los niños y jóvenes,
para servir a todos, especialmente a los más necesitados
que tú, Padre, me diste como hermanos.


Señor, me quieres para abolir la violencia,
para ser agente de paz, de fraternidad y de fe;
para trabajar en búsqueda de la verdadera calidad
que está fundamentada en el Evangelio

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