Son rasgos constitutivos de este estilo el orden y la eficacia, la previsión y el realismo, el conocimiento del escolar y el tratamiento diferencial, el seguimiento y la vigilancia, la apertura y la cordialidad, la promoción de los valores humanos y la proyección al mañana en la vida de cada persona, la sencillez y la solidaridad.

El estilo de La Salle, tanto del Fundador de las Escuelas Cristianas, como de los que han seguido su carisma a lo largo de más de trescientos años, ha tenido unos rasgos muy definidos en todo lo referente al clima pedagógico y metodológico en las aulas tales como:

Acoger, conocer y respetar a los alumnos: El conocimiento de los alumnos fortalece y favorece un acercamiento más íntimo, por ello. es de sumo interés el conocer, apoyar, animar y seguir a los alumnos tanto a los que son buenos escolares como a quienes se hallan con especiales dificultades de convivencia, comportamiento o de aprendizaje.

Es un conocimiento pedagógico que resulta más provechoso cuanto más delicado, discreto y transformador de las personas es. Pero Juan Bautista De La Salle no quiere conocer por curiosidad científica. Ni siquiera entiende el rendimiento escolar como un medio de mejorar en la vida. El maestro debe promocionar la cultura para conseguir personas más libres. Y para ello precisa conocer a sus alumnos hasta el fondo del alma: 

«Tenéis dos clases de niños a los que instruir. Unos son amigos de libertades y propensos al mal. Otros son buenos o, al menos, inclinados al bien. Rogad de continuo por unos y por otros, pero más particularmente por los que muestran inclinación al mal, a fin de que se conviertan de sus inclinaciones torcidas. Procurad mantener y consolidar a los buenos en la práctica del bien. Con todo, que vuestro especial cuidado y vuestras plegarias más fervorosas se ordenen a ganar a Dios los corazones de quienes tienden al mal» (MF 186. 3)

Crear hábitos de disciplina y buenas disposiciones escolares: No menos que la disciplina, vale para él la formación de los hábitos en el trabajo y las buenas disposiciones de los escolares. Si esto sale de dentro del alumno, el resultado es muy superior a si tenemos que esforzarnos constantemente en infundirlo desde fuera por medio normas o disposiciones. La Salle sabe que los alumnos son frágiles y precisan ayudas y apoyos externos.

«Poco basta para mudar las buenas disposiciones de los niños y de los jóvenes. Los encargados de su educación deben proceder con tal prudencia respecto de ellos que, ni en su persona ni en su comportamiento deben hallar cosa alguna que les pueda enfriar en su deseo de servir a Dios o les pueda apartar de sus deberes. ¿Es vuestra primordial preocupación este comportamiento? De ello depende el adelantamiento de los discípulos en la piedad y el fruto que personalmente lograréis al educarlos» (MF 115, 1)

Silencio y dedicación al trabajo: Valorar el silencio y la dedicación al trabajo cotidiano era una costumbre que solía tener el ilustre pedagogo cuando supervisaba  sus escuelas  o trazaba consignas para sus educadores. Sus recomendaciones en la  Guía de las Escuelas son interminables:

«El silencio es uno de los primeros medios para establecer el orden en la escuela. Cada maestro hará observar exactamente el silencio en la clase no tolerando que nadie hable sin su permiso. Para eso el maestro hará entender a los escolares que deben guardar silencio, que está prescrito, no porque él esté presente, sino porque es la voluntad de Dios» (Guía, 2. 1.3)

«Es inútil que el maestro se empeñe en que los escolares guarden silencio si él mismo no lo guarda. Él les enseñará más esta actitud con su ejemplo que con sus palabras. El silencio del maestro produce más orden en la escuela que cualquier otro procedimiento. Con él, el maestro vela mejor sobre sí mismo y sobre los escolares» (Guía, 2.2)

Y lo mismo dice con frecuencia en las Meditaciones que dirige a los Maestros:

«Mucho más les convenceréis con el ejemplo de un proceder moderado y modesto que con todas las palabras que les pudierais decir ¿Queréis que guarden silencio? Guardadlo primero vosotros. Solo en la medida en que seáis comedidos y circunspectos conseguiréis que lo sean ellos» (MF 33, 2)

Una pedagogía activa: Evidentemente el silencio que promueve el fundador de las escuelas lasallistas, no necesariamente consiste en no hablar, sino más bien en crear un ambiente propicio para la actividad del aprendizaje, para lo que hoy llamamos la pedagogía activa.. En la  participación de los alumnos estaba una de sus fuerzas metodológicas. 

Podemos afirmar que es un rasgo peculiar de la primera Pedagogía Lasallista: la colaboración del alumno, su solidaridad, su creatividad para asegurar la marcha de la tarea docente. Basta abrir la «Guía de las Escuelas» en cualquier página, para ver cómo entiende los «oficios» en la clase, cómo sugiere la acción de todos y de cada uno de los escolares, cómo pone en juego los estímulos, cómo valora las relaciones con los padres, cómo se distribuyen responsabilidades, cómo se consigue una dinámica acogedora en el marco escolar de manera que todos los escolares se encuentren agradablemente atendidos y valorados en todo momento.

Insiste en que hay que mantener el sentido del orden, que para él es previsión, seriedad, trabajo, eficacia, responsabilidad, esfuerzo. Insistencia apoyada en la experiencia que constituye  su fuente de inspiración y el secreto del funcionamiento de la Escuela:

«Nueve cosas pueden contribuir a establecer y mantener la actividad  y el orden en las escuelas: la vigilancia o acompañamiento del maestro, las señales, los catálogos de avisos, las recompensas, las correcciones, la asiduidad y la puntualidad de los alumnos, el reglamento de los días de asueto, el establecimiento de oficios y responsabilidades entre los escolares y la estructura, calidad y uniformidad de las escuelas y de los muebles» (Guía, II. 1)

Participación activa de los padres: Entre los valores de la participación en la vida de la escuela se halla la de los padres como pieza fundamental en la marcha del trabajo escolar. Esa aportación de los padres, que Juan Bautista De La Salle resaltaba con verdadera pasión en su pedagogía de la Guía, es para él emblemática y condicionante desde el principio hasta el final de la escolarización.

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